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Duby o y a Marzo 31, 2008

Posted by worhaim in General, Humor, Libros, Personal, Relatos.
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Hace mucho que no posteo nada. Voy a poner el siguiente relato. Puede resultar muy confuso, leedlo solo si estais con ganas xD. Si alguno no lo entiende… ¡Mala suerte!

“Duby o y a” por PRS

¿Estoy atrapado? Mierda. ¿Estoy sola? Solo. ¿Dónde estoy?

Aquí.

Preguntas sin respuesta, respuestas con pregunta, donde empezar. ¿Atrás? ¿Ahora? Yo soy yo, yo fui yo, aunque ahora no lo sea del todo. Contradicciones, contradicciones. No olvides el hilo de la cuestión. Esto es un relato, una historia, no tus divagaciones. No. Expón tus argumentos.

Ayer que no fue ayer estaba yo en la cama. No durmiendo, no eran horas, había demasiada mierda, no podía perdérmela. Duby estaba conmigo, lamiéndome los pies. Y así empezó todo, supongo, con la lengua áspera de Duby. ¿Por qué? Uno nunca sabe, uno nunca comprende. ¿Una? Dos tampoco, una quizás.

Duby no era un perro. Así, de golpe. No es que Duby fuese un buen perro, pero, ¿una tortuga? Aquello me sorprendió un poco, aunque ahora todo encaje. Así que bueno, me levanté asqueado, por que las mujeres no se asquean, y le di una patada. Nunca me gustaron las tortugas.

La cabeza estalló en sangre verde, y la pared eligió copiar ese color. Y entonces, como ya dije empezó todo, no antes, con Duby tortuga, sino cuando Duby perro murió. Me sentí triste, y enfadado. Duby me había engañado, no era una tortuga, si solo hubiera sido un perro, no lo habría matado.

Pero… Un momento, me dije. Pasaron dos y hablé de nuevo. ¿Cómo es que Duby puede ser perro y tortuga? No podía ser, no el mismo Duby. Tenía que averiguar que estaba ocurriendo. En la mesa encontré todo lo que necesitaba, el tapón de las maracas y el carnet de la biblioteca. Bueno, no todo, la ropa estaba en el armario, pero puede que no fuera necesaria del todo. Me puse solo  ropa interior y un abrigo, así ni pasaría calor ni tendría frío. Abriiiigo. Fríiiiio. Rima asonante, pensé, pero se me hacía tarde.

Agite las maracas, y encontré mi sabrosa recompensa. Con ellas podría concentrarme en mi importante dilema. ¿Llovía fuera? No. ¿Hacía viento? No. El sereno se atechaba en mi portal. Era mono, pero yo no soy gay. El seguro que sí. No me gustaba su chaleco, era demasiado amarillo. Le gustaba mi abrigo. “No, no” le dije,” no, no”. “¿No, no, qué?” me dijo él. “Si, si” le dije yo. Cristalino todo, me fui en pos de un taxi, y mi destino.

¡La biblioteca! Pero no había taxis. El sereno me seguía, decía algo. “Los taxis están dos calles más abajo” me dijo. Abajo no había calles. Pero él me señaló un sitió, y muy amable, me acompañó. “¿Habrá taxis ahí?” pregunté. “Si, no te preocupes”. Era muy majo. Lástima que fuera homo perdido.

Me dijo muchas cosas, pero no me acuerdo. ¿Estás bien? ¿Eres gay? ¿Tienes frío? ¿Seguro que puedes tomar eso? ¿A dónde vas? ¿Eres gay? Bueno, no, lo de gay se lo dije yo, y él me miró muy raro, muy rojo. Gay del todo. ¿Se puede ser más gay que gay? ¿Regay? Regay, jajaja. Tengo que acordarme de eso. Listo, lo he escrito en la mano. Uy, la tinta se borra. Regay, jajajaja.

Jo, regay. Me gusta, suena muy bien. Regay, regay, regay. REGAY.  Aunque re creo que es algo por segunda vez, y si ser gay es como ser menos, y ser normal ser más, menos por menos dos menos. ¡Es más gay! Lo que yo decía.

Me he dispersado un poco, voy a releer por donde iba. Releer, jajajaja ¡Ah si, el regay! Pues eso, el sereno me llevó a un sitio donde coches blancos me esperaban.” ¿Los taxis no son amarillos?” le pregunté.” Eso solo es en las películas” creo que dijo. Pues vaya, ¿qué sentido tiene coger un taxi si no es amarillo? Los serenos visten de amarillo y los taxis de blanco. El mundo está del revés.

El taxista no era un taxista, era una taxista, y el sereno ya no era sereno, así que supuse que ya no debía ser gay. No sé porque se vino conmigo, si ya no le gustaba. Sin el chaleco amarillo se llamaba José, pero es un nombre muy feo, así que le llamé Duby. Duby era ahora un sereno que no era sereno que se llamaba José. Se parecía más al Duby perro que al tortuga, por eso de ser un mamífero.

¡Mamíferos! recuerdo que dije. La taxista no conocía esa calle, pero Duby le dijo que fuese a la biblioteca. ¿O se lo dije yo? Agité un poco más las maracas. Todo empezaba a ir mejor, lo malo es que cuando todo va bien, normalmente no me acuerdo, así que me inventaré un poco. Total, todo es verdad, ¿no? En el fondo, digo. Es que yo estudié estadística y ella me dice que existe una posibilidad infinitesimal de que cualquier cosa ocurra, cualquiera. Ergo, ergo, ergo… Me encanta esa palabra, ergo.

El taxi blanco funcionaba al menos. No era amarillo, pero Duby había sido un regay sereno y no iba a castigarle por ello, ¿no? Duby me preguntó por qué iba hasta allí, que iba a hacer. Algo raro había en él… Sospechoso. Me miraba mucho bajo el abrigo. Y ahora no era gay, ¿no? La taxista decía cosas sobre hospitales, creo. Pero las maracas hacían efecto, les di un corte muy rápido y listo, es lo bueno de estudiar estadística, siempre hay posibilidades de mandar callar a alguien con éxito. Es más, si lo haces y se calla un segundo, seguro que eso es un silencio.

¡Duby! Tenía que averiguar sus secretos. En la teletienda no vendían esas cosas. Alargadores del pene que no necesitaba, cosas para hacer abdominales y aumentarse el pecho, pero, ¿la inmortalidad, la transmigración de las almas de un cuerpo a otro? ¿El Nirvana? No, eso no estaba en la teletienda. El taxi se paró en seco delante del enorme castillo librero que yo tenía que asaltar. Las maracas danzaron de nuevo y Duby me miró indeciso. Tortuga, sereno o perro, siempre era un tipo indeciso.

“Vamos” le dije “Necesito respuestas”. Me debía doler la cabeza, vamos digo yo, porque creo recordar que Duby me llevó caminando hacia dentro. Había luces de colores, ruido, y batas blancas. ¿Por qué hacían tanto ruido? Les chisté y me chistaron, y entonces un señor de blanco se acercó a mí. ¿Sería taxista? No me acuerdo, un segundo.

¡No, traidor! Duby, que tonto eres. ¡Ay! Maldito seas. ¡Ay! ¡Basta Duby, lo siento! Ya está, todo perdonado. Mira que traicionarme. No era la biblioteca, sino un hospital. Corrí hacia el taxi mientras el maldito Duby y el taxista que no era taxista intentaban atraparme. ¡Nunca me cogerían! ¡Nunca, nunca!

No me cogieron, sin zapatos podía correr al máximo, y mis técnicas extremas de combate no fueron necesarias. Y mejor para ellos. Soy un arma blanca, letal. Lo pone en mi carnet, ahí, ¿lo ves?  No, claro, como lo vas a ver. Solo te digo, en la teletienda vendían el kit de guerrero mortal, y yo me compré el pack con casco. Lo que oyes. Lees. Lo que sea.

Salté en el taxi, pero la taxista, que no era una taxista sino un gordo granudo, intentó detenerme. O algo, porque me insultó. Puta. Luego todo se puso borroso, pum, pum, ban ban, ruuuuuuuuuuuuuuum, ruuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuum. Ya sabéis, esas cosas. Uhm, como en la Jungla 3, o en Arma Letal. O en Preti Guoman. Tun tun tun tun tuuuun… Preti guoman, nananana…

Si, centrarme, centrarme. Ya estoy en el centro. Sigo. El taxi era muy grande y en la parte de atrás había un señor en una camilla lleno de tubos. El cabrón del taxista grasiento estaba quieto con sangre, kétchup o lo que fuera, y había ninoninos por todas partes. ¿Conducía yo? Si. La pipa estaba junto a las maracas en el suelo. Por qué, os preguntareis. ¿No? Lástima. Era una buena historia.

En estadística no se da todo lo que no aparece en la teletienda, pequeñas cosas se escapan a esos dos grandes campos de conocimiento. Una de esas cosas son los climax. En un taller de historias me enseñaron que uno debe esconder una sorpresa, o algo, o algo guay, lo que sea, y ¡tachán! Mostrarlo en un climax lleno de música y onomatopeyas. Yo pensé, ¿Qué me guardo para el final? La pistola. Jejejeje, soy muy listo. Pues si, cuando me fui de casa tenía una pistola. No soy tonto, hay malas personas por el mundo. Eso lo aprendí en otro taller.

El taxi iba a toda ostia, pero claro, yo no se donde está la biblioteca y eso. Pero había un mapa que me ponía calles. Recuerdo que me puse a mirarlo, y escribí, “Biblioteca”. La vocecita me dijo: Gire en 200 metros.

No me gusta el sistema métrico. Giré un poco antes, y catapum, había una casa. Y un muro. Y clash, dolió y eso. Y casi muero, jolín. Duby me negaba las respuestas. El destino me negaba el nirvana. Mis maracas, mi pistola, perdidos. Y entonces me vi.

Un cristal roto. No, yo no soy un cristal roto. Soy de carne, sangre, y eso. Aunque sin piernas. Pero humano y tal. No un cristal. Lo que decía es que me vi en un cristal. En. No un. Estaba tan guapa. Sangraba, mucho, pero, ¿y qué? Estaba preciosa, así que sonreí. Y entonces me di cuenta. La única forma de sobrevivir sin piernas era Duby. Él era inmortal, eterno. Yo, no. Muy mona, cierto. Que guapa estaba. Que guapa.

¡Duby! Duby es un hombre. El perro era erro, el sereno era eno, y la tortuga… La tortuga solo podía ser una excepción. ¡Yo no podía ser guapa! Debía ser apo. Apo. Debía ser Duby.

Oí sirenas, pero cuando otee para ver si había pescados, solo había polis. No, tampoco llevaban gorro. Lo supe por las porras, y los donuts. Bueno, y así acabó todo, supongo. Se fini, dis is di end. La conclusión de la epopeya. En definitiva aquí estoy. Creo.

¿Estoy atrapado? Mierda. ¿Estoy sola? Solo. ¿Dónde estoy?

Solo aquí. Y me han traído unas nuevas maracas.