Como dominar a un pueblo Abril 29, 2008
Posted by destructoradelcaos in Reflexión.trackback
El deseo de dominar a los pueblos y someterlos a los propios intereses no es exclusivo de los regímenes dictatoriales: es una tentación constante de todo el que ansía acumular poder. Para dominar a un pueblo de forma fácil y contundente sólo se necesita privarlo de su carácter comunitario y convertirlo en mera ‘masa’. El concepto de masa es cualitativo, no cuantitativo. Independientemente del número de miembros que lo forman, un conjunto de seres humanos constituye una masa cuando carece de estructura y se reduce a un montón amorfo de individuos. La estructura es una constelación de elementos que se hallan mutuamente vinculados y forman un conjunto aunado y compacto. Vista así, la estructura es fuente de solidez, dinamismo y flexibilidad. Un pueblo estructurado -gracias a su capacidad creadora de vínculos- es difícilmente dominable, porque la unidad es fuente de energía interior. Un pueblo masificado, es decir, desestructurado -por falta de creatividad-, es presa fácil de los depredadores de todo orden: los culturales, los económicos, los políticos…
Para desestructurar y desvertebrar a un pueblo no hay vía más eficaz que difundir la idea de que el hombre desarrolla su personalidad desvinculándose de los valores cuyo cultivo exige voluntar creadora y, por tanto, esfuerzo, y dejándose arrastrar por aquello que fascina y no pide sino la entrega al halago instintivo.
Al asomarnos al vacío probado por esta destrucción, sentimos vértigo espiritual, es decir, angustia. El cultivo de las distintas formas de vértigo amengua nuestra capacidad de ensamblarnos en formas sólidas de comunidad. Al estar desunidos, somos fácilmente dominables. ¿Comprendemos ahora por qué se exaltan hoy las distintas formas de vértigo y se las confunde con las experiencias de éxtasis o creatividad? Se nos reduce a meros clientes, meros consumidores de toda clase de productos.
Los profesionales de las distintas formas de poder suelen gloriarse, a veces, de dominar al pueblo. Pero lo que dominan ya no es ‘pueblo’; es una ‘masa’, el residuo degenerativo que queda del pueblo cuando se lo ha privado de la estructura debida. Este letal reduccionismo suele practicarse sarcásticamente al tiempo que se nos conceden todo tipo de ‘libertades’ y se nos permite transgredir toda suerte de ‘normas’. Como el vocablo libertad atrae a las gentes de modo fascinante -por ser el término ‘talismán’ primario en este momento-, no pocas personas piensan que, al desligarse de todo tipo de normas, preceptos y cánones de conducta, promueven su libertad y su dignidad personal. No advierten que hay dos modos de libertad: la ‘libertad de maniobra’ y la ‘libertad creativa’. La primera consiste en poder realizar en cada momento lo que más nos agrada. Para ello debemos prescindir de toda norma que coarte nuestra capacidad de elección. Al hacerlo, nos permitimos satisfacer sin traba alguna nuestras apetencias, pero éstas pueden llevarnos a realizar el ideal auténtico de nuestra vida -que es el de la creatividad y el encuentro- o bien a alejarnos de él y perder toda autenticidad personal. La ‘libertad creativa’ es la capacidad de elegir en virtud del ideal verdadero. Este ideal plantea las mismas exigencias que el encuentro -generosidad, fidelidad, cordialidad, comunicación sincera…-; nos vincula, por tanto a las normas de conducta que llamamos ‘valores’ y nos orienta por el camino de la creatividad, la plenitud de sentido y la felicidad.
Al proclamar la importancia de la ‘libertad’ (bien entendido: la mera ‘libertad de maniobra’) e instarnos a prescindir de toda norma, el manipulador parece promover nuestro desarrollo personal pero, en definitiva, intenta amenguar nuestra ‘capacidad creativa’ en todos los órdenes y convertirnos en una masa gregaria. Con ello nos debilita en el aspecto individual y en el social, merma nuestro poder de discernimiento e iniciativa.
La manera menos costosa y más eficaz de dominar a los seres humanos es no atacarlos desde fuera, sino instarles a que concedan la primacía a las fuerzas elementales que bullen en su ser, menosprecien la energía que les otorga el ideal del encuentro y olviden que el afán de ganancias inmediatas y fáciles provoca la caída en procesos de vértigo, que al principio nos halagan con la promesa de una vida colmada, no nos exigen nada y, al final, nos lo quitan todo. Al contrario de lo que sucede con los procesos de éxtasis, que al comienzo nos exigen todo -sobre todo, generosidad-, nos prometen una vida lograda y, al final, nos permiten desarrollar plenamente nuestra personalidad y nuestra vida comunitaria.
Me encontré este blog por casualidad, estáis haciendo un buen trabajo, si tenéis suerte no aparecerá nadie que se dedique a “flamear”.
Es cierto lo que dice, sin embargo no creo
que sea el objetivo de un líder político convertir a sus ciudadanos en una masa totalmente controlable, aunque la idea debe de resultarles tentadora a menudo, es el camino más fácil para ejercer su política.
Cuando uno se inicia como político, seguro que tiene grandes ilusiones que cumplir y probablemente sus objetivos sean sinceros y su voluntad de cumplirlos tan grande como su ingenuidad.
A medida que uno se adentra en el mundo de la política empieza a comprender lo hediondo de la situación; por supuesto que cuando estaba empezando sabía que no iba a ser un camino de rosas, y que cualquier país es como un iceberg, donde la parte sumergida es mucho mayor que la superficial; pero hasta que uno no ve con sus propios ojos la situación, no comprende la complejidad del asunto.
El mejor de los políticos necesita demagogia, necesita mentiras y necesita al pueblo para ejercer de líder, y esos medios tan poco sinceros que utilizan para llevar las riendas de la nación consiguen que a nuestros ojos más que líderes, sean tiranos que sólo quieren acumular poder y controlar. Desde mi punto de vista, creo que no es del todo correcto condenarlos por los medios que utilicen (dentro de un límite razonable).
No creo que exista mayor recompensa para un líder que el reconocimiento y satisfacción de todo un pueblo, y que además, ese pueblo sea como dijo un pueblo organizado, creativo y libre. Sin embargo roza la utopía el conseguir el apoyo total de un pueblo de esas características, y por eso los líderes se tienen que valer de un armamento “poco honesto” para ejercer su liderazgo.
No me malinterpreten. Todo tiene un límite.
Lo que hacen algunos grupos de personas, eso de protestar contra toda forma de sistema y orden, me parece una solemne tontería si me lo permitís, pero me alegro de que lo hagan, los que están por encima de nosotros necesitan que alguien les recuerde que no todos somos iguales. No debemos ser conformistas ni tampoco indiferentes, podemos dejar que nos guíen con demagogia y mentiras, que es lo que de hecho estamos haciendo y hasta parece que nos gusta. Pero no somos imbéciles del todo, y yo tengo claro que prefiero una Falsa Democracia, a una Dictadura.
La masa es atraída por todo aquello que hable de su libertad y justifica cualquier acto basándose en su libertad para llevarlo a cabo, pero siempre se olvidan de dos máximas muy importantes:
-la libertad de uno mismo acaba donde comienza la del prójimo,
y
-la libertad es un acto de responsabilidad.