Ya no hay dolor… Junio 8, 2008
Posted by destructoradelcaos in Relatos.1 comment so far
La apacible calma del otoño invadía tenue mi alcoba, ahora solitaria, la que fue cárcel de sentidos y sentimientos. Testigo privilegiada de mi vida… mi “dulce vida”.
Una llamada me despertó a media noche, atónita me levanté de la cama y vestí lo primero que encontré. No parecía ser verdad. Con lágrimas en los ojos, puse las llaves en el contacto y me dirigí a la morgue. Allí, sobre una camilla yacía el cuerpo sin vida de quien fuera mi esposo. Después de cumplir con los trámites mortuorios volví a casa. Cuando iba en camino, advertí que mis muñecas, apoyadas en el volante, se mostraban víctimas de maltrato y recordé la última paliza que me propinó, ya no recuerdo el porqué, pero sí el dolor y la desesperación de la que fui presa aquella noche, la resistencia ante cada golpe y el despertar, después de unos días, en la cama de una clínica. Al llegar a casa, con la mente aún perturbada, evoqué la imagen de su cuerpo ennegrecido y la expresión apacible que le quedó grabada en el rostro. Tropecé con la mesita sobre la que reposaba una flor negra de vidrio que me regaló aquella navidad en que se masturbó con mi cuerpo hasta que se sació.
Entré a la ducha y la ráfaga de agua tibia me recordó cuan dolorosa era la experiencia de verlo a diario; los golpes habían sanado bien pero aún sentía dolor. Estuve tranquila desde el día en que desapareció.
Entré a la ducha y la ráfaga de agua tibia me recordó cuan dolorosa era la experiencia de verlo a diario; los golpes habían sanado bien pero aún sentía dolor. Estuve tranquila desde el día en que desapareció.
Al terminar el baño perfumé mi cuerpo con la más deliciosa fragancia, que aún sin estrenar conservaba guardada en el tocador de mi habitación, vestí un conjunto de ropa interior de encaje negro y sobre éste, un sencillo vestido del mismo color, maquillé mi rostro y al poner algo de brillo en mis labios, el espejo sugirió la imagen de una mujer que contenta se dispone a divertirse. Fueron muchas las buenas fiestas que devoramos juntos, tiempo atrás, y las más, aquellas a las que dejé de asistir por incomodarme sus maneras de divertirse, odiaba la violenta actitud que lo poseía tras sus rituales cocainómanos, a raíz de los cuales sus sentidos de gusto y olfato casi habían desaparecido.
Llegué al funeral y los amigos me dirigieron sus condolencias. Mi corazón sonrió. Aquellas palabras de solidaridad en mi tragedia vinieron a afirmar el triunfo de la muerte sobre aquel ser, abrazos iban y venían. Mi espíritu se regocijaba. A pesar de lo tedioso que me resultó el entierro, no me alejé de aquel lugar hasta que el último invitado a la tertulia desapareció. El sol resultaba insoportable, él ya no renacería de la tierra. Decidí volver a la casa que ya sentía mía desde que desapareció, aquel muerto no tenía más parientes que esta dulce dama.
Camino a casa recordé cuando nos topamos en una intersección vial donde los oscuros vidrios no permitían la visión al interior del vehículo; era viernes por la noche y seguramente no llegaría a casa como solía hacer cada fin de semana. Ya a esa hora, entre el alcohol y su blanca amiga, su cabeza era un desastre; decidida a saber que haría, lo seguí; lo que me llevó al descubrimiento de una cabaña a las afueras de la ciudad. Nunca supe que sucedía allí, y a esas alturas ya no me interesaba… Por fin llegué a mi casa, cansada del protocolo del funeral, fui a buscar la botella de Johnnie Walker que guardaba en el bar desde que desapareció.
Fue una joven mujer quien encontró su ennegrecido cuerpo sobre la cama, era su amante, supongo. Un fuerte olor a gas la alarmó y entre gritos y sollozos llamó a bomberos y policías. La autopsia arrojó como resultado: intoxicación por gas.
Hoy como cada aniversario de su muerte, fumo mis cigarros sentada en el balcón de mi casa, como fondo de las bocanadas de humo, me sonríen las estrellas que evocan la noche en que entré a la cabaña, lo encontré dormido y abrí la llave de paso de gas de la cocina, cerciorándome de que cada ventana hubiese quedado bien cerrada y como se trataba de un espacio pequeño y sus sentidos de gusto y olfato eran casi nulos, el gas simplemente hizo lo suyo.
Llegué al funeral y los amigos me dirigieron sus condolencias. Mi corazón sonrió. Aquellas palabras de solidaridad en mi tragedia vinieron a afirmar el triunfo de la muerte sobre aquel ser, abrazos iban y venían. Mi espíritu se regocijaba. A pesar de lo tedioso que me resultó el entierro, no me alejé de aquel lugar hasta que el último invitado a la tertulia desapareció. El sol resultaba insoportable, él ya no renacería de la tierra. Decidí volver a la casa que ya sentía mía desde que desapareció, aquel muerto no tenía más parientes que esta dulce dama.
Camino a casa recordé cuando nos topamos en una intersección vial donde los oscuros vidrios no permitían la visión al interior del vehículo; era viernes por la noche y seguramente no llegaría a casa como solía hacer cada fin de semana. Ya a esa hora, entre el alcohol y su blanca amiga, su cabeza era un desastre; decidida a saber que haría, lo seguí; lo que me llevó al descubrimiento de una cabaña a las afueras de la ciudad. Nunca supe que sucedía allí, y a esas alturas ya no me interesaba… Por fin llegué a mi casa, cansada del protocolo del funeral, fui a buscar la botella de Johnnie Walker que guardaba en el bar desde que desapareció.
Fue una joven mujer quien encontró su ennegrecido cuerpo sobre la cama, era su amante, supongo. Un fuerte olor a gas la alarmó y entre gritos y sollozos llamó a bomberos y policías. La autopsia arrojó como resultado: intoxicación por gas.
Hoy como cada aniversario de su muerte, fumo mis cigarros sentada en el balcón de mi casa, como fondo de las bocanadas de humo, me sonríen las estrellas que evocan la noche en que entré a la cabaña, lo encontré dormido y abrí la llave de paso de gas de la cocina, cerciorándome de que cada ventana hubiese quedado bien cerrada y como se trataba de un espacio pequeño y sus sentidos de gusto y olfato eran casi nulos, el gas simplemente hizo lo suyo.